Mundo ficciónIniciar sesiónClara
El mercado está lleno de personas que caminan por doquier con sus canastos en mano, bolsas y hasta carretillas. El bullicio se divide entre murmullos, preguntas por precios, conversaciones amenas, rumores y los gritos de los vendedores que intentan captar la atención de los clientes.
Camino con cautela por el estrecho sendero que consigo entre tanta gente, pero tropiezo con mi propio pie y, sin querer, me topo con una mujer.
—¡Mira por dónde vas, omega! —gruñe ella, irritada, desquitando conmigo su estrés.
Porque sí, hoy es un día estresante en el mercado principal de la manada Wood. Es cuando comerciantes y vendedores de distintas manadas se reúnen aquí, y por eso muchas personas de lugares lejanos vienen a aprovechar los precios y los productos que no se encuentran en sus territorios.
Omega...
No digo nada ante su expresión despectiva y sigo mi camino. Lo que menos deseo es tener problemas.
Suelto un suspiro y me limpio las gotas de sudor con mi pañuelo.
A mi entender, ser omega no es motivo de vergüenza, pero muchas personas lo usan de forma despectiva, como si pertenecer a ese estatus fuera ofensivo y desafortunado.
Yo soy una mezcla de estatus. Mi madre es una omega de sangre sencilla, mientras que mi padre tiene orígenes de betas y gammas. De hecho, es un Gamma en la manada donde vive.
Me parezco tanto a mi madre que paso por una omega débil, aunque mi belleza y delicadeza resaltan la sangre sofisticada que heredé de mi padre… o eso me gusta pensar.
De todas maneras, no me importan las clases sociales ni las jerarquías sanguíneas hereditarias, que son las que mayormente definen el estatus de un licántropo. Pero no todos piensan como yo y es algo que me toca tolerar.
Llego a un pequeño puesto donde se reúnen los compradores de perfumes y colonias para encontrar las mejores ofertas y coloco mi canasto sobre la mesa de madera reservada para mí.
Somos tres perfumeros en total, y yo soy la más novata, así que mis precios son más bajos que los suyos.
Suelto un largo suspiro y empiezo a colocar mis productos, cuyo contenido he puesto en botellas transparentes en tono azul, amarillo, verde y rosado. Les he puesto etiquetas que definen el ingrediente principal y un lazo bonito como decoración, personalizando así mis perfumes con mi estilo único.
—Oh, es la lobita sin familia otra vez —se burla un perfumero. Su mirada burlesca y llena de malicia me provoca náuseas.
Ese tipo es tan desagradable...
—Deja a la cachorra tranquila. Ella no se mete con nadie y tiene tanto derecho como tú a estar aquí —le increpa el otro perfumero.
Este sí es decente y hasta generoso. Fue quien me enseñó cómo vender acá.
Siempre le estaré agradecida por su nobleza.
—¡Ja! —le responde el arrogante, el sarcasmo se refleja en su expresión—. ¡Qué derecho va a tener! Para que veas que no soy una mala persona, no la molestaré al decirle lo que de verdad se merece. Quizás, después de que yo termine dé hacer mis ventas, los compradores tengan que conformarse con tu perfume de mala calidad.
¡Qué irrespetuoso!
Aprieto los puños y me muerdo los labios para no contestarle, pues no me bajaré a su nivel ni cederé a sus provocaciones.
Mejor me concentro en mostrar mi mejor cara ahora para atraer a los compradores.
Suelto un suspiro que me calma y termino de preparar mi pequeño puesto.
Ese perfumero se jacta de que él venderá y yo no; sin embargo, mis perfumes poseen la esencia de aquellas flores que me costaron mucho haber conseguido, pero valdrá la pena el susto y...
Me relamo los labios y miro al cielo. Yo de verdad tengo mucha mala suerte.
Mi mano derecha se va al pecho por instinto y suelto otro suspiro, solo que esta vez es más largo.
Me entretengo con algunos clientes que se detienen en mi puesto, debido a lo estético que luce. De reojo miro al perfumero arrogante y me encuentro con su mirada de frustración sobre mí.
Después de que una clienta se marchara, me agacho detrás de mi mostrador para guardar el dinero, pero antes de levantarme, un olor familiar me inunda las fosas nasales e inquieta a mi loba.
Entonces siento que el aire se torna pesado y se me dificulta respirar.
Es él...
Me quedó paralizada, tan fría como un témpano de hielo y con el corazón agitado.
No...
—¿Qué tan finos son sus perfumes? —Su voz gruesa, pero elegante, con ese contraste que me hace dudar si es un salvaje sin buenas costumbres o un noble refinado, sobresale por encima del bullicio y deja un eco en mi pecho, en mi mente, en mi alma...
Es él, estoy segura...
«Nuestro mate», se emociona mi loba, pero yo estoy a punto del colapso.
—Qué bonitos perfumes, ¿quién vende aquí? —indaga y percibo se presencia cerca, tanto, que su sombra me acaricia de forma sutil.
Creo que olfatea y varios escalofríos me hacen titiritar.
Quiero pensar que ya olvidó mi olor; sin embargo, me inquieta que haya aspirado como si hubiera identificado mi esencia.
¿Y si me reconoce?
Él insiste, sumamente interesado en mis fragancias.
¡Qué me tragué la tierra ahora mismo! No quiero encarar a ese hombre, no quiero tener un lazo con él...
Pero muy en el fondo solo temo a ser rechazada, que él rompa los pequeños pedazos que tanto me ha costado volver a enmendar.
¿Por qué soy tan desdichada?







