Elizabeth estaba feliz. Había rendido los exámenes finales que tenía pendientes y los había aprobado con excelentes calificaciones.
Mientras esperaba a Federico, comenzó a tocar el piano. Su destreza con el instrumento era innegable, y sus dedos, ligeros y seguros, parecían contar historias a través de cada nota.
Lo que más le entusiasmaba, sin embargo, era que al día siguiente comenzaría sus clases. Necesitaba ese espacio propio, ese aire que sólo se respira cuando una mujer puede moverse por