El día siguiente fue especialmente emocionante para Lizzy. Se levantó temprano, preparó sus cosas, se cambió con esmero y bajó a desayunar. Como era habitual, Federico sería quien la llevaría a la universidad.
Él, en silencio, observó cada detalle. Sus ojos azules se posaron en el suéter que ella había elegido: una prenda sencilla pero entallada, que insinuaba sin intención el prominente busto de Elizabeth. Aquello le molestó. Se contuvo, como venía haciéndolo últimamente, pero la sola idea de q