Caminaron de la mano por la playa, descalzos, sintiendo la suavidad de la arena bajo sus pies, la fría brisa los traspasaba, pero no les importó. Elizabeth lo condujo hasta una zona donde la luz de la luna iluminaba todo como un escenario soñado.
Se sentaron allí, en silencio.
—¿Sabes? —dijo Lizzy, sonriendo—. Hace unos días, mi primo le pidió a Laura que se case con él, justo aquí.
Federico la miró, frunciendo el ceño.
—Ya veo... O sea que toda tu familia sabía que estabas aquí.
Ella sonrió ha