Caminaron hasta el auto de Federico. El de ella, seguramente, se lo había llevado Mercedes.
La imagen del impoluto y refinado señor Alvear había quedado un tanto desdibujada.
Elizabeth se rio, burlándose de él: estaba despeinado, con barba de varios días. Su saco todo arrugado, la camisa abierta a la que le faltaban algunos botones. Tenía arena por todos lados. Más que un millonario, parecía un mendigo.
—¡Si te vieran tus admiradoras en esas fachas, no lo podrían creer! —se burló divertida.
É