—¡Noah! — exclamó, al ver a su hijo sentado en el taburete.
Neta-lee estaba recuperando el equilibrio, sosteniéndose a la puerta, cuando Demien se arrojó sobre su hijo y lo abrazó con fuerza. Incluso ella se quedó paralizado al ver la desesperación de ese abrazo, que vagamente le recordó al que ella le había dado. Pero el gesto de dolor compungido de ojos cerrados de Demien sobre el hombro de su hijo, fue lo que más le había pasmado. Nunca había visto esa clase de desolación en el estoico rost