El timbre suena.
Los mellizos corren como estampida de búfalos hacia la puerta.
Lisa se queda clavada en el umbral del pasillo.
No quiere acercarse.
Pero tampoco puede quedarse escondida.
Mateo abre la puerta y Cristian está ahí, con una sonrisa suave, como si realmente hubiera estado esperando esta invitación toda su vida.
—Hola, campeones —dice, arrodillándose para abrazarlos.
Ellos se le cuelgan del cuello sin pensarlo. Cristian los abraza fuerte. Un segundo más. Dos. Tres.
Lisa los