Deje la carta bien guardada debajo de una pila de papeles para que Tom no la viera. Tom nunca tocaba, no recuerdo que lo haya hecho nunca. Entro en mi oficia, impregnándola de su loción. Descubrió los ventanales que había mantenido cubiertos, obligándome a oscurecerlos con los botones que había en mi escritorio. Estaba metido en su traje de tres piezas blanco y una ridícula corbata negra con estampados de palmeras blancas. Tomo asiento frente a mí, cruzando las piernas
–Mara me ha dicho que ten