El cielo estaba despejado, el sol golpeaba con fuerza, y el aire parecía tener una electricidad especial. Era el día de los octavos de final. El día donde no había margen de error. Ganar o irse a casa. Así de simple.
La escuela San Martín se enfrentaba a Esperanza Mía, un rival temible. Una escuela religiosa que jugaba con fe, orden y talento. Eran los subcampeones del torneo anterior y habían llegado a esta instancia con una solidez envidiable. Sin embargo, San Martín venía en alza. El equipo