Capítulo 30:

Rubia. Metro ochenta —cinco centímetros más que yo—. Cuerpo perfectamente esculpido. Piel blanca impoluta. Ojos verde intenso —una vez más maldije a todo lo que se podía maldecir en el universo por no haber heredado esa tonalidad—. Cejas depiladas en una forma que resaltaba sus rasgos angelicales. Y labios finos.

Para los que piensen que ya me volví loca —por cierto, no están del todo equivocados—, esa era mi prima: Cristina. Ya lo sé, una versión moderna de Afrodita digna de envidiar. Yo siemp
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