Vincent y Lana caminaban en un cómodo silencio, un manto de paz que envolvía sus nuevos lazos. Se detuvieron frente a una cabaña más rústica, desde donde se escuchaban los golpes sordos contra un saco de boxeo y el sonido de una respiración controlada. Ambos subieron al porche y, para entonces, Axel ya aguardaba en la puerta. Él olfateó el aire y una sonrisa amplia y genuina iluminó su rostro.
—¡Por fin! —exclamó Axel, con un tono que mezclaba el alivio y la alegría— Empezaba a pensar que me ha