Volví a abrir la puerta de nuestro piso con una mezcla de alivio y desazón. El olor a café y pan recién hecho todavía flotaba en el aire; Francesca había comenzado a organizar la cocina mientras me esperaba. El silencio de mi nuevo regreso parecía más pesado que las paredes que nos rodeaban.
—Rose, ¿estás bien? —preguntó Francesca, dejando el vaso de café sobre la mesa y mirándome con preocupación.
—Sí… más o menos —dije, intentando sonreír, aunque mis labios temblaban—. Solo… extraño ciertas c