El comedor principal de la villa Vescari parecía una catedral de solemnidad. Las lámparas de cristal colgaban del techo, reflejando la luz sobre la larga mesa de caoba pulida, mientras los retratos de los antepasados observaban con semblante severo cada movimiento de los presentes. En la cabecera, Giancarlo Vescari ajustaba la corbata con precisión, su mirada dura y fija en su hijo.
—Alessandro —dijo, cortante—, no olvides que la boda es en tres meses. Todo está decidido. No habrá retrasos ni d