CAPÍTULO 80.
Capítulo 80
Miguel no veía la carretera. Solo veía el rastro rojo de las luces traseras del coche de Elena desapareciendo entre la incesante lluvia. La rabia le quemaba las entrañas, una furia ciega que no iba dirigida contra Sofía, sino contra sí mismo y contra la mujer que seguía de pie bajo el paraguas, mirándolo con esa expresión de víctima que ya no le parecía más que una astuta fachada.
Se giró hacia Guzmán, que todavía lo sujetaba por el brazo.
—¡Suéltame! —rugió Miguel, zafándose con un