Abril llegó como siempre.
No con el anuncio dramático del cambio de estación, sino con la evidencia acumulada del mismo. La luz duraba más cada tarde. Era más cálida. Los árboles de la plaza al final de la calle pasaban de las formas invernales desnudas y arquitectónicas que Samuel tanto admiraba a algo incipiente y luego, en el transcurso de una semana, a algo genuinamente verde.
La planta morada del patio se abrió.
No de golpe. Primero una flor, luego tres, y para la segunda semana de abril,