Estaba sentado a la mesa de la cocina cuando ella entró.
Tenía la libreta abierta. Una taza de café al lado. El árbol desnudo afuera, con su follaje otoñal característico, se mecía al atardecer.
Levantó la vista.
Vio su rostro.
Dejó la pluma.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Ella dejó su bolso sobre la encimera.
Se quitó el abrigo.
Se sentó frente a él.
Puso su teléfono sobre la mesa entre ellos con el correo electrónico abierto.
—Léelo —dijo.
Él lo leyó.
Ella observó su rostro.
La secuencia específica d