—¿Dónde oíste eso? —preguntó Helena.Su voz era exactamente la misma de siempre. Medida. Sin prisas. La voz de una mujer que había pasado cuarenta años asegurándose de que nada la tomara por sorpresa. Pero Dominic había crecido escuchando esa voz y conocía cada una de sus variantes, y ahora, bajo esa calma, había algo más. Algo de cautela.—Contesta la pregunta —dijo.—Dominic, son las dos de la mañana. Lo que sea que te hayan dicho, puede esperar hasta que…—No puede esperar —dijo—. Y ya lo sabes, o no habrías contestado al segundo timbrazo.Una pausa.La oyó respirar hondo por la nariz, como cuando ordenaba sus pensamientos. La había visto hacerlo en salas de juntas, en cenas, en el funeral de su padre, cuando se mantuvo completamente serena frente a doscientas personas sin derramar una sola lágrima, porque había decidido que la compostura era lo que el momento requería.Siempre había admirado eso de ella.En ese momento le daba náuseas.—Había un registro —dijo ella finalmente—. De
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