Alexander se divertía al ver a su padre y a su hermano convertidos en marionetas bajo las manos de su hija. Su hija. Se escuchaba bien decirlo, pensarlo y, sobre todo, sentirlo.
Abigaíl Herrera fue recibida con los brazos abiertos por cada uno de los miembros de su familia e incluso Darla, a la que había empezado a visitar con frecuencia por sus terapias, parecía fascinada con ella.
—Papi, se ven lindos, ¿verdad? —dijo moviéndose entre todos ellos, cambiando cintas de colores y ganchos rosas s