Abigaíl rechinó los dientes al escuchar el nombre del maldito inglés al que odiaba tanto.
—¿Está aquí? Siempre anda a su alrededor, como un perro. Papá no ha muerto todavía, así que…
—No te expreses así de él. Ambas sabemos que jamás tuvo una sola oportunidad con tu madre —dijo señalando con el mentón a la rubia seductora, que tomaba asiento con su traje de diseño sobre la lápida de su suegro y secaba sus lágrimas con un pañuelo bordado entre sus guantes.
»¿Qué hay de Adam? Por lo visto mordió