Un beso lánguido sobre los labios lo empujaba a abrir los ojos, aunque el esfuerzo era demasiado, así que desistió. No había podido pegar ojo en toda la noche y el inconveniente se repetía con frecuencia desde el atentado, empezando a pasarle factura con su mal humor.
Escuchó su risita inconfundible cerca de su oído, pero hizo caso omiso a la pluma que sintió rozando su nariz.
—¿Está muerto?
—¡Abi! No digas esas cosas. Déjalo dormir, debe estar agotado.
—Pregunto para saber si ha visto al ab