ALIANA
La habitación del hospital es demasiado blanca; está impregnada de un aroma excesivo a antiséptico y muerte. Michael está sentado a mi lado, con una mano en mi rodilla y el otro puño apretado con fuerza —sin darse cuenta de que lo tiene así—. No me ha perdido de vista desde que llegamos aquí. Ni una sola vez.
Miro al techo.
—No tienes que estar pegado a mí todo el tiempo —susurro.
Él me mira como si le hubiera sugerido que dejara de respirar.
—Tengo que hacerlo —dice.
Trago saliva. Mi cu