MICHAEL
—Cierra la puerta, Diana.
En el momento en que escuché lo que Diana dijo, algo dentro de mí se rompió como un cable tensado al máximo. No grité. No irrumpí en medio de la oficina. Solo dije: —Diana, la necesito en mi despacho. Ahora.
Jenna ni siquiera parpadeó. —Adiós, Diana.
Entré en mi oficina, cerré la puerta y me quedé detrás de mi escritorio, porque si me sentaba, era posible que no volviera a levantarme. Me dolía la mandíbula de tanto apretarla. Mis palmas estaban calientes. Mi p