El aire era pesado y opresivo mientras Apolo, Tarsus y Nerya avanzaban hacia el oeste. La oscuridad que los rodeaba era más que una simple ausencia de luz; tenía peso, una presencia tangible que parecía moverse con ellos, observándolos desde las sombras. Las estrellas, que habían brillado tímidamente al inicio de su marcha, estaban completamente ocultas ahora, como si el cielo mismo hubiera cerrado los ojos a lo que estaba a punto de suceder.
Apolo lideraba el grupo, su arco listo en sus manos,