La entrada a la caverna se alzaba frente al grupo como una boca abierta, sus bordes irregulares cubiertos de una capa de musgo brillante que parecía pulsar con vida propia. Desde su interior emanaba una brisa fría, cargada con un olor metálico que hacía que incluso Hércules, acostumbrado al olor de la sangre en batalla, frunciera el ceño.
El Orbe en las manos de Ethan vibraba con una frecuencia constante, como si estuviera reaccionando a algo en lo profundo de la caverna. Aunque había perdido a