El aire en Machu Picchu estaba cargado de una energía oscura que se sentía en cada rincón. Las piedras antiguas, marcadas por cicatrices de innumerables batallas, parecían susurrar advertencias a quienes permanecían allí. Entre las ruinas, una figura solitaria emergió desde las sombras: Erebo. Su presencia era imponente, envuelta en un aura negra que devoraba la luz como si nunca hubiera existido. Cada paso que daba resonaba con un eco ominoso, y la atmósfera se volvió más densa con cada instan