Afrodita permanecía inmóvil, atrapada en la penumbra que había reemplazado la vibrante luz del portal. La energía, antes tan omnipresente, ahora parecía un eco lejano. Cada aliento era pesado, cargado del vacío que Ethan había dejado tras cruzar el umbral.
Sus manos temblaban, y su mirada seguía fija en el disco inerte que flotaba en el centro de la sala. Una parte de ella esperaba que, si se quedaba allí lo suficiente, el portal se reactivaría y lo devolvería.
—Ethan… —murmuró, su voz rota por