La huida había terminado, pero el silencio del bosque era peor que cualquier sirena. No era paz. Era una calma que pesaba.
El grupo avanzaba como podía entre raíces y espinas. Derek iba casi arrastrándose, apoyado en Bryan. El veneno de plata líquida le marcaba las venas como si algo oscuro estuviera trepando por dentro de él, buscando salida.
Llegaron al claro.
Los árboles se inclinaban hacia arriba, torcidos, como si algo los hubiera obligado a crecer así. El aire vibraba. No era imaginación.