Desde aquella noche en Quebec ya no se lo imaginaba; podría decirse que su fantasía estaba cumplida. Pero la pregunta que se había hecho muchas veces desde que había sucedido era: ¿por qué no se sentía satisfecho?
Killian se quitó el saco y lo dejó en una de las sillas frente al escritorio. Luego la tomó en sus brazos y la llevó hasta el pequeño y moderno juego de sofás que estaban en la esquina de la oficina. Conocía cada rincón, hasta con los ojos cerrados, puesto que por muchos años fue su l