CAPÍTULO 87
Héctor y Eloísa Soler se quedaron de piedra, con las bocas entreabiertas, incapaces de asimilar la osadía de aquel hombre que se negaba a acatar la orden de marcharse.
Pero Catarina no quería una guerra. No allí. No con su madre apoyada en el brazo de su padre, con el pie vendado.
Sin decir una palabra, Catarina deslizó su mano por la manga de la impecable camisa blanca de Sebastián hasta encontrar sus dedos. Lo sujetó con firmeza y tiró de él suavemente.
— Ven conmigo un momento —