CAPÍTULO 110
Sebastián de la Torre estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero de su suite, ajustándose los gemelos de plata en los puños de su camisa blanca. Vestía un esmoquin de tres piezas de color azul medianoche oscuro, casi negro, con solapas de seda que acentuaban la amplitud de sus hombros. Su cabello estaba perfectamente peinado, y su rostro, como de costumbre, no revelaba el más mínimo atisbo de ansiedad.
O al menos, eso es lo que él intentaba proyectar.
Gabriel, que ejercía como