Esa tarde, Ricardo llegó a casa justo a la hora de la cena. El aroma de la comida flotaba en el aire, pero el apetito parecía haberlo abandonado. Sentado en la mesa observaba a las mujeres comer, después de un largo suspiro comenzó a hablar con voz grave.
—Tengo algo que informarles.
Las dos mujeres alzaron la vista al unísono, clavando en él sus miradas expectantes. Lena notó al instante la tensión en los hombros de su padre, y la preocupación que teñía su rostro.
—¿Pasó algo, papá? —preguntó,