LXXII

Catherine no había flaqueado en su decreto. Poco a poco había comenzado a ir cazando a los que estaban del lado de la Emperatriz Viuda, barriendo las calles de Londres y los contornos de los condados fronterizos con la discreción de una plaga nocturna.

Si bien hasta ahora habían sido tres de los tantos extranjeros que estaban en contacto directo con la tirana —hombres de negocios daneses, diplomáticos de las provincias occidentales y espí

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