El atardecer indicaba, con la caída de un sol herido y cobrizo, que todos debían de aproximarse a las instalaciones reales. No era una invitación; era una orden tácita grabada en el protocolo de un imperio que se alimentaba del miedo. En los vastos salones del palacio, las mesas de postres y comidas delicadas estaban dispuestas con una simetría militar. Reposaban sobre distintos mesones de madera maciza, reforzadas con tablones de exquisitos árboles exóticos cuyas resinas y aceites naturales se