Mundo ficciónIniciar sesiónLa reina no estaba enferma. Ya que se encontraba aferrada a las sábanas de lino, sus uñas rasgaban la tela con una fuerza muscular que habría pulverizado los articulaciones de un hombre común. Sus gemidos, ahogados por el terciopelo de las colgaduras del lecho, retumbaban en la estancia con la sonoridad de una tormenta encajonada. Sus piernas, largas y de una palidez de mármol, se retorcían en el aire, presionando la cabeza de Amity contra su vientre.







