El silencio que siguió a las palabras de Tanya fue ensordecedor. Todas las miradas estaban fijas en ella, expectantes y confundidas, la abuela Greta, impaciente como siempre, fue la primera en romper el silencio.
— Por todos los santos, Tanya —dijo, con su voz cargada de irritación— Di lo que tengas que decir de una buena vez, no nos tengas en suspenso.
Tanya sintió que su rostro enrojecía bajo el escrutinio de toda su familia. Tomó una respiración profunda, consciente de que lo que estaba a pu