Dina salió de la mansión familiar con el corazón latiendo aceleradamente, apenas había dado unos pasos cuando su teléfono sonó, era Dante.
— Dina, ¿Dónde estás? —la voz de su hermano sonaba preocupada.
— Acabo de salir de casa —respondió con su voz temblando ligeramente— Dante, no puedo quedarme aquí. Papá... él quiere casarme de nuevo.
Se escuchó una maldición ahogada al otro lado de la línea.
— Ese viejo terco —gruñó Dante finalmente, la frustración era evidente en su voz— escucha, Dina. Dona