Angélica
Me desperté en una habitación, atada de manos, pies y amordazada. Por eso Ernesto me negó. Era una imbécil, tonto y no aprendo; es nada de todo lo que ha vivido la familia. Estábamos en guerra. Ellos estaban en un operativo, como me dijo mi padre, y, aun así, no comprendo por qué me dio celos al verlo con esa mujer. —Si no estuviera atada, me habría dado de golpes por IDIOTA.
—Despertaste. —Me quitó la mordaza—. Estás derramando leche materna, eso confirma lo del hijo que mencionaste.