Gabriela
En verdad, Samuel era el más descarado de todos, pero también era el único que lograba hacerme latir el corazón, recordándome que era el hombre que amaba o que amé. Aún no sé qué me pasa y por qué tenía tanto miedo. Y para colmo sí vino la lanzada de la doctorcita esa. ¿La tiene aquí y me guiña un ojo? ¡Descarado! No voy a ver cómo le coquetea frente a mí, llevaba a su hija en mi vientre. Me levanté.
—Gabriela. ¿A dónde vas? —Vi preocupación en la mirada de mi amiga.
—Mapa, necesito un