María Paula
Los besos de Alexey viajaban por toda la espalda, eran pasadas las diez de la mañana. Nunca me había levantado tan tarde un domingo. Pero anoche, a pesar del maltrato, mi cuerpo lo necesitaba.
—Pensé que no ibas a despertarte. ¿Cómo te sientes?
Sentí la dureza de su pene en el muslo. Mi mano lo tomó y su delicioso quejido de placer tensionó mis pezones.
—Adolorida, todo me duele.
—No soy culpable, traté de detenerte, pero estabas decidida. —Tenía razón en eso—. Y ya sabes que una ve