Gabriel salió del baño con el cabello aún húmedo por la ducha. Se había puesto una camiseta negra sencilla y pantalones cómodos de descanso, pero ni siquiera el confort de la ropa limpia lograba aliviar la pesadez en su pecho.
Se subió a la cama y se recostó contra el cabecero, mirando fijamente la pared. Tenía los ojos rojos. No solo por el cansancio, sino por la tormenta que lo venía destrozando desde la noche anterior.
Por fuera, siempre se veía tranquilo, poderoso e incluso intocable; el tip