Gabriel estaba de pie, en silencio, frente al ventanal que iba del suelo al techo y ofrecía una vista del horizonte de la ciudad. Tenía las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones de traje a medida. La luz del sol de la tarde se filtraba en su oficina, destellando sobre la mesa de cristal y el marco de plata de su escritorio.
Esa tarde se veía más tranquilo, más como él mismo. Tras la tensión y la noche de insomnio, había decidido concentrarse en el trabajo y dejar de lado el alboroto.