La voz de Anna llenó la habitación como una tormenta. Miraba la televisión con furia mientras la conferencia de prensa de Gabriel se transmitía en la pantalla. Cada palabra de su hijo se sentía como una cuchilla destinada a herir su orgullo.
—¡Tonto! —le escupió a la pantalla—. ¡Idiota!
Su asistente personal, Stephanie, estaba de pie junto a la puerta, pequeña y cautelosa en aquella oficina imponente. Había aprendido a leer el ánimo de Anna hace mucho tiempo; hoy parecía ser uno de esos días.
—¿