La casa de los McKnight estaba más silenciosa de lo habitual ese día. Estaban tensos. Mona estaba sentada en la sala, con las manos sobre el regazo, aunque no paraba de frotarse los dedos. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo tensa que estaba.
David estaba sentado a su lado, erguido, sereno, pero pensativo. Durante un rato ninguno de los dos habló. Habían acordado la visita del abogado temprano esa mañana, y desde entonces una inquietud extraña se había instalado en la casa. El hombre