La entrada principal de la Gala Benéfica de la Fundación Tell resplandecía bajo un dosel de luces doradas. Los candelabros de cristal, suspendidos bajo el atrio de vidrio del histórico Carminton Grand Hall, derramaban reflejos cálidos sobre los pisos pulidos.
Afuera, los autos de lujo formaban fila en la entrada circular, con los motores ronroneando mientras los acomodadores, con guantes blancos, se apresuraban a abrir las puertas.
Adentro, las cámaras destellaban en ráfagas de luz. No era una g