La oficina de Gabriel no se parecía en nada al resto de la casa. El vestíbulo era imponente. La sala, elegante. Pero aquella habitación... aquella habitación imponía autoridad.
Estanterías de caoba oscura cubrían las paredes del suelo al techo, repletas de libros encuadernados en cuero, premios enmarcados y planos arquitectónicos de ciudades que llevaban el nombre de Wyndham. Un gran óleo de Alfred, el patriarca, colgaba sobre la chimenea.
El escritorio del centro era enorme, pulido e imponente.