El Ocean Sovereign era más que un restaurante. Era una experiencia pensada para gente con poder.
Construida sobre un acantilado con vista a la costa de Lisbourn, el ala ejecutiva privada del restaurante estaba separada de la zona general del comedor por mamparas corredizas de vidrio con grabados en pan de oro.
Más allá del vidrio se abría una vista interminable del mar, con olas que rompían unas sobre otras bajo el sol de la tarde y yates a lo lejos, como testigos silenciosos de aquella riqueza.