—Me asustaste —dijo Isla mientras entraba a su recámara.
Gabriel todavía llevaba la ropa de oficina. Tenía las mangas de la camisa azul bien arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos fuertes y de piel clara. Los tres primeros botones estaban desabrochados, y los ojos azul eléctrico de Isla se desviaron sin poder evitarlo hacia el trozo de piel de su pecho. Esa pequeña vista fue suficiente para que se le secara la garganta.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —preguntó Gabriel tranquilo.
Isla se cruzó de brazos y se plantó frente a él. Sintió miedo, pero mantuvo la compostura.
—¿De qué hablas? —respondió.
Claro que lo sabía. Sabía que Delphine debía de haber corrido a quejarse con él. Pero no le importaba. Si algo tenía claro era que no iba a quedarse ahí parada para que la insultaran.
Gabriel se levantó del borde de la cama y se irguió sobre ella; la diferencia de estaturas la hizo sentir pequeña. La miró fijamente a sus ojos azul eléctrico y, por unos segund