Diana se vistió de negro de pies a cabeza. La chaqueta, la falda larga, incluso los guantes que llevaba en las manos eran negros. Lo único que no era negro era su piel. Sus ojos quedaban totalmente ocultos detrás de unos lentes oscuros. Cualquiera que la viera pensaría que era una sombra moviéndose por el edificio.
Entró sin miedo al centro penitenciario. Los guardias de la entrada no la detuvieron. Ya sabían quién era y a qué iba. Un guardia la recibió a mitad de camino y la condujo en silencio