El pasillo afuera del quirófano estaba lleno de ruido y tensión. Todos los que estaban ahí, esperaban tensos, con el corazón en la mano.
Isla caminaba de un lado a otro junto a la pared. Su ropa estaba empapada de sangre de la señorita Adams, y sus manos también estaban manchadas. Aún sentía la tibieza de esa sangre sobre la piel, y eso la atormentaba. Las piernas le temblaban y una angustia oscura le oprimía el pecho.
No lejos de ella, Gabriel estaba sentado en una banca, los codos apoyados en