Por fin retiró los dedos brillantes, cubiertos de los fluidos de ella, y se los llevó a los labios. Los chupó hasta dejarlos limpios con un gemido hondo y satisfecho, sin apartar los ojos de los suyos.
—Sabes delicioso —murmuró, con las palabras teñidas de asombro y deseo desatado, como si su sabor fuera el néctar más dulce que hubiera conocido.
Isla seguía allí tendida, con el pecho subiendo y bajando en respiraciones entrecortadas, todavía recuperándose del clímax demoledor que le había dejado